Lygia había partido de preguntarse en su pintura acerca de las relaciones entre figura y fondo, y esa investigación estética se había terminado transformando en la pregunta ética por excelencia: ¿Cuál es la naturaleza de la distancia que media entre mi cuerpo y el mundo? ¿Por qué no puede el cuerpo - no sólo el cuerpo del sujeto, sino el cuerpo social mismo - liberarse del dolor? 

      Sin haber dejado de estar vinculado al pensamiento estético, el proyecto de Clark intenta escaparse claramente de los límites de lo artístico. No deja de ser singular el hecho de que en un mismo movimiento se pretenda dejar atrás al lenguaje representativo y a la institución del arte, tan próxima al mercado en la episteme moderna.

       

  Y sin embargo las características mismas de la investigación que la condujo al desarrollo de los objetos relacionales, el hecho de que éstos no sean sino el resultado de una serie de manipulaciones artísticas, suspenden esa fuga en apariencia interminable y anclan a la terapia de Clark en el mundo del arte, único contexto en el que adquiere toda su potencia. La cura, aquí, no es sino un proceso interminable, permanentemente recomenzado, de emancipación. Y la enfermedad - el malestar que afecta a la institución del arte - sería ese nudo que ata al objeto artístico, pura ausencia, al mercado que lo convierte en mera representación de un contenido, portador de un valor estimable, y por lo tanto, mercancía. Clark no se cansaba de repetir que los objetos relacionales solamente adquirían su especificidad al entrar en contacto con las fantasías de sus "pacientes". No eran, por lo tanto, sino las corporizaciones tentativas y cambiantes de las proyecciones de éstos. Cuando el objeto pierde especificidad como mercancía y la adquiere en relación a la estructura psicológica del sujeto, entonces habría arte, o sea, posibilidad de cura. La obra de Lygia - y la palabra obra resulta casi insuficiente para comprender esa última etapa del trabajo con "pacientes" - se constituye por lo tanto en una crítica radical a la noción de presencia. 
     Si entendemos que el problema de la cura en la obra de Clark se plantea a nivel de la psicologia del sujeto pero sin desligarse nunca de la problemática que estaría implicada en la función social del artista, se comprende que su diagnóstico afecta por igual al individuo y a la institucion del arte. Y si coincidimos con Lacan en que la naturaleza de la cura nos señala la de la enfermedad, habría que pensar que, de acuerdo a la lógica implícita en el recorrido estético-existencial de Clark, la enfermedad consiste en asignar un valor determinado a la experiencia, en alienarla en el discurso, en síntesis, en volverla representable y, por lo tanto, comercializable. Pensada bajo esta perspectiva, su formulación de la cura consistía en la posibilidad de acceso tentativo a una dimensión no representable de la experiencia - estética y existencial, que en Clark no son más que el anverso y reverso de la misma cinta de Moebius - que, por otra parte, parecía poder darse únicamente al margen tanto de la institución del arte como de la del psicoanálisis. En la última parte del trabajo de Clark, a la que ella misma elegió denominar terapia para diferenciarla de lo que entendía era su producción artistica propiamente dicha, las dimensiones ética y estética entonces coinciden: la cura se habría vuelto el ejercicio cotidiano de la utopia. 
     Si nos atenemos estrictamente a la obra de Clark podemos quizás esperar que el arte nos cure. Pero la enfermedad es justamente aquello que lo convierte en arte -o sea, aquello que nos permite reconocer el objeto como artístico- , y la cura no puede darse sino traspasando el mundo de lo estético, y, tal vez, el espesor mismo del mundo. Bajo esta perspectiva la cura ya no es un estado al que es posible acceder siguiendo el rigor de alguna práctica específica. La cura es apenas el momento en el que la enfermedad se revela plenamente, y curarse no es sino soñar con olvidar la enfermedad. 
      Memoria, sueño, enfermedad. Sucede que el cuerpo eventualmente se olvida de las marcas que la enfermedad dejó en la carne y a ese proceso mágico se lo suele llamar restablecimiento, recuperación, o cura. El amante olvida su mal de amores y se enamora de nuevo, entregándose sin remedio a los brazos de la repetición. O no se olvida nunca, quizás, y el dolor se hace cada vez más pesado en el recuerdo hasta que esa memoria sin fin lo ocupa todo y la vida orgánica cesa, y entonces, como acostumbra decirse, uno se muere. Porque el olvido es un sueño, una utopía, el truco de un ilusionista de pueblo. Como el arte.

 

(1) Para una discusión detallada de la última etapa de la obra de Lygia Clark ver "Un Estado de Arte" por Suely Rolnik, incluído en la sección Ensayos de este mismo número de TRANS>. 

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