Anatomía del deseo, 1998
Traje de luces sobre silla de madera
33x18x24"/84x46x60cm
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Una estampa de Goya representa a un torero suspendido en el aire,
sobre su garrocha clavada en eje entre los cuernos del toro que embiste contra su propia sombra,
y contra la sombra del diestro insertada en la sombra de la bestia. Este grabado, el número 20 de
la Tauromaquia goyesca, ocupó en los primeros bocetos del conjunto el sitio central de la célebre
serie de imágenes taurinas. Siempre lo he visto como una obra reveladora y esquemática. Reveladora
precisamente por su centralidad y por la sospecha de que la metáfora del equilibrio precario, del
funambulista, pudiese tener una inesperada densidad simbólica. Esquemática no sólo en el sentido
de que la tauromaquia sería un juego en el que la vida procede del hilo precario de un riesgo mortal;
también en el sentido, más exigente, de que ver pende de un hilo vertiginoso, y quizá, además,
porque Juanito en el aire signifique un hombre común -nadie y todos- que construye como un equilibrista
su propia condición de sujeto político ante riesgos mortales, ante la mirada expectante de una
colectividad más o menos fantasmática.
¿Qué pensar entonces del traje de luces que, como un si-mulacro de la muerte, reposa en la mesa desnuda
de una instalación de José Gabriel Fernández? ¿Qué pensar del rostro mestizo, del cuerpo desnudo y
moreno del Diamante Negro que lo miraba desde la frialdad de una fotografía tomada por la pasión
visual de Alfredo Boulton, y que Fernández incluyó en su instalación? ¿Cómo zurcir, cómo bordar
ambos registros, el cuerpo y su desencarnada vestimenta, el artista contemporáneo y la referencia -
para muchos ignorada- al historiador Boulton, y por lo tanto a la circunstancia local de Venezuela y
de la América Latina? ¿Cómo colocar, cual un frontispicio de estas reflexiones de taller, la helada
suspensión de Juanito Apiñani -así se llamó el diestro goyesco- en el grabado de Goya?
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